Fundación de Occidente. Jorge Mª Ribero-Meneses

DICCIONARIO UNIVERSAL. Tomo I. Las Fuentes Tamáricas -I-.

Prólogo. El testamento intelectual, inédito, de

 José María de Areilza

 

 

No concibo mejor forma de prologar este primer tomo de mi Diccionario Histórico-Etimológico-Geográfico Universal, que ve la luz en las postrimerías del mes de Abril del año 2005, que recordando a dos personas que desempeñaron un papel extraordinariamente importante en los inicios de mi ya larga etapa de dedicación al estudio de los orígenes de la Humanidad: mi tío Julio Rivero Meneses, doctorado en Química y pronto nonagenario, y el ya desaparecido y para mí no menos entrañable José María de Areilza. Ambos aliviaron y enriquecieron, con su aliento, con su respaldo y con su cariño, los durísimos prolegómenos de la ardua, quijotesca y casi quimérica empresa de investigación que emprendí el 19 de Abril de 1984, tras cerca de dos años de estudios preparatorios en relación con el sustrato hebreo de la Península Ibérica. Dos años de noviciado histórico, sin los que jamás habría llegado a descubrir lo que descubrí en Valladolid en la madrugada de ese tardío Jueves Santo de 1984. Por lo mismo que sin esos dos hombres de bien que me auxiliaron y ampararon en los primeros años de mi odisea científica, es muy posible que no hubiera llegado a acumular estos veintiún años de investigaciones que acabo de completar, literalmente henchidos de descubrimientos de primera magnitud y que sólo en el transcurso de los últimos diez meses me han permitido llegar a identificar la primera palabra escrita que nos es conocida hasta la fecha..., descifrar el primer símbolo o letra del que se han derivado todas las letras del alfabeto..., comprender y demostrar cómo se produjo la adquisión del lenguaje por el ser humano... y, por último, localizar el emplazamiento, obviamente subterráneo, del primer templo consagrado por el ser humano. Primer templo = tumba = túmulo que llevo buscando a través de la erudición desde el año 1984 y que el destino ha puesto en mi camino a través de una larguísima y más que novelesca concatenación de circunstancias, casualidades, contratiempos y avatares que hace ahora exactamente un mes y con ocasión de la celebración de Las Marzas en las ciudades de Valladolid y León, me entretuve en enumerar a mis lectores, amigos y copatronos de la Fundación de Occidente.

 

A mi tío Julio -dedicatario de este libro y entusiasta de mi trabajo que, a pesar de su edad muy avanzada, mantiene una lucidez intelectual extraordinaria-, le mantengo informado de la marcha de mis investigaciones y de los refrendos constantes que reciben y que tánta satisfacción le producen. Lamentablemente y desde hace muchos años, ya no puedo hacer lo mismo con José María de Areilza. Y bien que me duele, porque, ¡qué no habría dado este hombre emérito por haber podido vivir todos esos episodios recientes de mi ya largo empeño por recuperar y reconstruir la memoria perdida de la Humanidad...! ¡Qué no habría dado por haber escuchado todo esto de mis labios, sentados el uno junto al otro en estrecha hermandad de intereses... y de sintonía, ora en su casa ora en los butacones finales del amplio y despejado vestíbulo del hotel Miguel Ángel de Madrid...! ¡Qué no habría dado por haber sido el primero en leer las páginas de mi libro sobre La primera palabra...! ¡Qué no habría dado ese ilustre y clarividente Bizkaíno por conocer cuanto en el decurso de los últimos cuatro meses he descubierto en relación con la inconmensurable trascendencia histórica de la ciudad y bahía de Santander..., raíz y cuna, por cierto, de la antigua Bizkaya...!

 

No está ya entre nosotros mi entrañable amigo José María de Areilza para emocionarse y vibrar conmigo compartiendo todos estos descubrimientos. Ya no le cabe, pues, el mismo privilegio que a nosotros nos proporciona el hecho de llegar a conocer -en estas páginas, en las que les preceden y en las que les seguirán- cosas que ningún ser humano ha conocido jamás. Porque él era plenamente consciente de tener ese privilegio. Como yo lo soy de que el destino me haya elegido para devolvernos lo mejor de nuestro más remoto pasado. O como deberían serlo cuantos afronten la lectura de estas páginas. Pues un privilegio es -el mayor que yo concibo- llegar a saber lo que jamás se ha sabido, engrandeciendo con ello el siempre limitado y cercano horizonte de nuestro conocimiento y dándole a nuestro entendimiento y a nuestra propia vida una dimensión que, de otro modo, jamás habrían llegado a alcanzar.

 

No, no puede José María de Areilza seguir gozando del privilegio de ensanchar, ya octogenario, el horizonte de su conocimiento. Tampoco les asiste ese privilegio a todos los centenares de generaciones que nos han precedido y que pasaron por este mundo sin llegar a atisbar siquiera, nada de cuanto lo ha hecho como es. Nosotros hemos tenido mucha mejor suerte. Seguimos ignorándolo todo de casi todo, pero por lo menos esto lo sabemos. Sabemos mucho mejor quiénes somos, porque sabemos, al fin, de dónde venimos. Y sabiendo de dónde somos originarios, podemos comprender mucho mejor por qué somos como somos. Y por qué pensamos como pensamos. Porque al fin podemos conocer y entender la forma como se ha construido el lenguaje..., como ha nacido y se ha desarrollado la escritura..., como se han articulado las primeras palabras... o como llegaron a modelarse los primeros templos = tumbas de la Humanidad, germen cierto e indiscutible del nacimiento de la Arquitectura. Al fin podemos conocer, en suma, la forma como se ha configurado el mayor de todos los prodigios que nuestro planeta y tal vez el Universo entero atesora: el entendimiento humano.

 

José María de Areilza fue Presidente del Consejo de Europa en unos años -en pleno franquismo- en que ningún Español tenía acceso a cargos de verdadera relevancia internacional. Ello ofrece una idea de la categoría intelectual y humana de este extraordinario Bizkaíno que me honró con su amistad en la última etapa de su vida.

 

En efecto, me cabe el enorme orgullo de haber sido la última persona apadrinada por José María de Areilza. Y tengo razones para pensar que fui el predilecto de sus ahijados. Al tiempo que la persona que llenó de ilusión y de entusiasmo sus últimos años de vida intelectualmente plena y activa. Se me saltan las lágrimas cuando recuerdo a aquel hombre octogenario -la personalidad más brillante y completa que ha producido la España de las dos últimas terceras partes del siglo XX- acudiendo ilusionadísimo a sus encuentros conmigo en los salones del Hotel Miguel Ángel, con el fin de seguir paso a paso todos los pormenores de mi labor de investigación, así como de mi lucha -compartida con él- contra tanto mentecato insigne como florece en nuestro país. Me conmueve recordarle escuchando con delectación todos aquellos primeros descubrimientos míos sobre la primogenitura histórica del Norte de España. ¡Qué enorme basko y qué grandísimo español ha sido este hombre y con qué clarividencia supo comprender desde el primer instante la enorme trascendencia que para el futuro de España tenía y tiene todo cuanto estoy rescatando del olvido!

 

José María de Areilza era un intelectual en el más amplio y pleno sentido de la palabra. No un simple escritor. O un estudioso, míope como la mayoría de ellos. Tampoco fue un  político al uso. Por la misma razón. Porque era infinitamente más inteligente que la mayor parte de ellos. Era, sencillamente, un hombre completo. Y por lo tanto, con la lucidez suficiente como para saber ver a lo lejos. Algo que demostró a través del crucial papel que desempeñó antes y durante la Transición y que a punto estuvo de situarle al frente de la Presidencia del Gobierno. Pero el Rey se decantó por Adolfo Suárez y ahí se abrió la primera gran herida que ensombreció los últimos años de vida de Areilza... que me cabe la satisfacción de haber iluminado en parte a través de mi larga e intensa amistad con él y de los libros y artículos míos que le procuraba y que él leía con auténtica fruición.

 

José María de Areilza ha sido una personalidad de primer orden, cuyos enormes servicios a nuestro país no merecieron el pago que hubiera sido justo. Lo que entra dentro de lo habitual en un país en el que se encumbra a los necios y a los mediocres (sumisos por lo común), a la vez que se condena al ostracismo a las mentes más preclaras y valiosas... y, por ende, más independientes e insobornables. Porque Areilza, que gozaba de la absoluta confianza del Conde de Barcelona, no se doblegó jamás ni ante Franco ni ante nadie, aunque fuese especialmente hábil en su labor de contemporización con quienes, no en capacidad pero sí en autoridad, se hallaban por encima de él.

 

Tengo la intención de ir publicando lo más interesante de mi larga correspondencia con José María de Areilza, manuscrita en su mayor parte, y quiero empezar reproduciendo aquí una de sus cartas, fechada en Madrid el 25 de Noviembre de 1987. Dice así:

 

Mi querido amigo:  Acabo de terminar la lectura detenida y apasionante de su último trabajo inédito, que usted titula Las columnas de Hércules. Me quedo asombrado por el enorme esfuerzo de investigación y lectura que supone. Realmente, los testimonios de historiadores españoles y extranjeros, yuxtapuestos, forman un alegato de coincidencias impresionantes.

 

No soy filólogo y no puedo por consiguiente juzgar sus opiniones sobre la cuestión. Pero sí me dejan absorto los argumentos de la toponimia y de la topografía de los lugares aludidos. También los repertorios de los dioses del paganismo y de sus mitos correspondientes ofrecen un itinerario originalísimo y bastante desconocido. La verdad es que esos mitos -y más tarde dogmas- de la era moderna, se hallaban inventados y profesados por una gran parte de la humanidad antigua en su casi totalidad.

 

La tesis de los Picos de Europa que usted sostiene es la única con sentido común que explicaría la denominación de esos montes. Yo me declaré totalmente adverso, en un artículo titulado La Europa de los Picos, a las interpretaciones usuales. Y pedí que me dijeran si había alguna otra que me convenciera. Nadie me contestó.

 

Quizás conviniera que modificara el título del libro para que no se creyera que se refería al problema del Estrecho. Es una interpretación histórica de gran enjundia y generosidad. Creo que en Israel puede encontrar mucho eco su tesis aunque contradiga y sobrepase en el tiempo, la historia del pueblo elegido saliendo, como por encanto, del fondo de los desiertos del Oriente Medio. ¿Cómo se puede cohonestar, cronológicamente, el itinerario de Moisés con la raíz judía de los primitivos pobladores del Sha-pharad o paraíso originario del Norte de España?

 

Me gustaría verle a su regreso de Londres. Un saludo muy cordial de su amigo...

 

***

 

En una coincidencia para la que resulta difícil encontrar una justificación plausible, José María de Areilza fue a morir a la misma hora y en el mismo día 23 de Febrero de 1998 en el que estaba entrando en la rotativa un libro mío dedicado precisamente a él y en cuyo primer capítulo hacía una referencia importante a su persona. Alguien podría pensar que yo tenía noticias del estado terminal de este gran basko que estaba a punto de fallecer, pero se equivocaría, porque desde que cayó gravemente enfermo, su familia lo mantuvo absolutamente alejado del mundo. Como si hubiera muerto. Lo que quiere decir que durante mucho tiempo no volví a tener noticias suyas. Período durante el cual no plasmé su nombre en libro alguno, hasta ese momento en que algo -desconozco el qué- me indujo a dedicarle uno de los libros claves de mi obra de investigación.

 

 

 

El testamento inédito de Areilza                     Inicio

 

No se me ocurre mejor forma de rendir homenaje a José María de Areilza que reproducir a continuación un texto inédito suyo, escrito en el crepúsculo de su vida, en el que aparece plasmado el auténtico testamento intelectual de este gran español que tántos y tan inapreciables servicios prestó a España y a Europa. He guardado hasta hoy estas líneas que él me hizo llegar y si decido darlas a la luz en esta ocasión, es porque mi clarividente mentor y amigo habría dado cualquier cosa por llegar a leer las páginas de este libro, preñadas de esos refrendos científicos de mis tesis que él tanto anhelaba y que estaba completamente seguro llegarían a producirse. Hombre parco en elogios excesivos, como mi tío Julio Rivero y como toda persona inteligente, ¡cuántas veces me comentó Areilza los paralelismos que él advertía entre la peripecia intelectual, científica y humana vivida por Santiago Ramón y Cajal y la mía!

 

No llegó a conocer, como él tanto deseaba, la consagración científica de todo este asunto, pero me consuela pensar que José María de Areilza, a diferencia de todos esos precursores de mi obra que he venido rescatando del olvido en mis libros desde hace dos décadas, pudo ser testigo de excepción, por lo menos, del arranque de toda la verdadera odisea que han supuesto esos veintiún años que llevo consagrados a la rehabilitación de la verdad histórica y a la demostración de que tanto la Civilización como la propia especie humana tuvieron su cuna a orillas de esa misma Mar Occéana o Cantábrica a cuyas orillas viera su primera luz ese bizkaíno extraordinario y español emérito a quien se deben las líneas que siguen a continuación:

 

No soy antropólogo, ni etnólogo, ni filólogo. Soy un sencillo español de a pie, apasionado por el remoto pasado de mi país. Desde muy joven, acompañé a mi padre, médico cirujano y amigo de don Miguel de Unamuno, a recorrer los montes y picos de las cordilleras hispanas en las que buscaba el rastro del ayer. Solía él repetir que en nuestro país, como en todas las naciones de factura antigua, "no hay paisaje sin historia". Y aun podríamos añadir que no hay paisaje sin prehistoria.

 

El afán investigador del hombre moderno cabría definirlo de esta forma: explorar, hacia afuera, el inmenso espacio que nos rodea con su nutrido bagaje de misterios aún, en gran parte, no desvelados. Y a su vez inquirir hacia dentro, cuanto pueda lograrse en el camino de avanzar en dirección al origen del hombre; a sus primitivas etapas al filo de los miles o cientos de miles de años; a sus ámbitos posibles del tránsito entre el último de los homínidos y el primero de los "homos".

 

No gusto de entrar en polémicas en torno a problemas de tan entreverada dificultad. Pero sí me apasionan las noticias que se acumulan sobre este tramo de nuestra historia pasada, escuchando sin prejuicio alguno, las últimas novedades que vienen acaeciendo en este terreno. No creo que en esa dirección investigadora deba acompañarnos, en ningún caso, el amor propio que está reñido con la verdadera ciencia. Es cierto que hay muchas hipótesis de trabajo que son -por el momento- difíciles de comprobar o demostrar. Pero me gusta escuchar a cuantos persiguen un propósito noble, cual es el de esclarecer el cúmulo de noticias que aún pertenecen al ámbito inédito de nuestra historia y que son desechadas, sin más, por la comodidad que supone la aceptación de los lugares comunes, tradicionales, pero acaso no del todo veraces. Y recuerdo siempre aquel párrafo de Ortega y Gasset en el que ya intuía la necesidad de revisar toda la historia vetusta de España, en cuya tarea se habían de producir grandes sorpresas.

 

En la biblioteca paterna que yo heredé, me llamó siempre la atención una obra del profesor francés D´Arbois de Jubainville, titulada Los primeros habitantes de Europa. La fecha de aparición de esta obra es de hace cien años y en ella se sostiene de forma inequívoca que esos antepasados remotísimos europeos, venían de la legendaria Atlántida y poblaron España. Y desde aquí se corrieron al Mediterráneo, Egipto, Grecia, Italia y al resto de Europa y Asia. Otro argumento que me produjo gran impresión fue el de que los cronistas de los Reyes de Castilla no olvidaran nunca de aludir en sus "Memoriales" a una larga serie de reyes míticos de la España antigua, como figuras legendarias de las que se derivaba la condición legítima sucesoria de los Monarcas castellanos. Ni los Reyes Católicos ni el Emperador Carlos V renegaron nunca de tales referencias. Los que se hayan extasiado alguna vez ante la rebosante fachada gótica de San Gregorio de Valladolid, podrán contemplar allí la serie de reyes hispanos míticos que anteceden a los Reyes Católicos en el árbol genealógico pétreo de la dinastía española. Ello prueba que se admitía esa preexistencia de una larguísima etapa remota de los titulares del poder supremo en nuestra península. La romanización de España borraría esas huellas vetustísimas, encubriendo para siempre el legado autóctono de nuestro ser ibérico.

 

Queremos proponeros hoy una empresa de esclarecimiento histórico con plenas garantías de autenticidad y con riguroso control de cuanto se vaya logrando; con abandono de los principios rutinarios; libertad total de criterios y opiniones; no tratando de demostrar nada y sí, en cambio, de mostrarlo todo con veracidad de los hallazgos, en las hipótesis, en el significado de los objetos hallados y en las eventuales polémicas que puedan y deben surgir de esta tarea. La toponimia es un elemento sustancial para llevar a cabo la empresa. Tampoco tratamos de apoyar, en ningún caso, esta o aquella interpretación política. Lo que nos interesa y apasiona es aclarar los muchos misterios que nuestra historia, como la de toda gran potencia, contiene y ofrece en su riquísimo pasado. Un pasado sobre el que se han publicado, últimamente, obras históricas trascendentales escritas por autores extranjeros. Yo he leído alguno de esos trabajos admirables -sobre el Conde Duque, el reinado de Felipe IV y acerca de la política mediterránea en tiempos de Felipe II- y aplaudo ese creciente interés de los extranjeros hacia períodos mal conocidos del ayer español.

 

Pero, sinceramente, creo que la luz que pueda lograrse con el estudio y la investigación de la España "vetustísima", es de urgente importancia y puede ofrecernos novedades sensacionales.

 

Por segunda vez en su historia, España tiene ante sí un programa de política exterior europea que discurre por los cauces pacíficos de la integración y de la unificación políticas de Europa. No es, como escribió Saavedra Fajardo en el Congreso de la Paz de Westfalia que acabó en otras guerras, "un propósito en el que la paz anda en las palabras y la guerra en los corazones". España va a entrar en un gran dispositivo continental con otros Doce países que pronto serán quince o veinte. Y que tendrá un anhelo y propósito de ser un continente próspero en paz. Buena ocasión para asomarnos, con amor y entusiasmo, al remotísimo origen de nuestra raza y lengua, vinculado con seguridad a las más lejanas civilizaciones y culturas del pasado humano.

 

En la vanguardia del progreso técnico y cultural, busquemos con libertad y decisión las raíces profundas, las raíces remotas de España. No para caer en la falacia nacionalista de creerse "los mejores", sino para ahondar en nuestras raíces ancestrales verdaderas. Y en obligarnos a nosotros mismos, con un mayor contenido de responsabilidad.

 

No queremos sentirnos superiores a nadie. Sólo queremos sentirnos más responsables ante el futuro próximo de Europa y de la humanidad.

 

Pedimos a quienes tienen medios abundantes para ello, una ayuda para lograr las pruebas de la perspectiva histórica y prehistórica de la tierra, la lengua y la raza de los habitantes primitivos de España. Sin tener que aceptar como indiscutibles las interpretaciones oficiales que les ofrecen a sus alumnos muchos investigadores de nuestro país. Y no es un proyecto que vaya contra nadie ni que trate de imponer un criterio "a priori" de la historia de la España vetustísima. Queremos, simplemente, investigar con honradez la verdadera naturaleza de nuestros más remotos antepasados.

 

Y a orillas del Ebro, el río paterno de España, deben de resonar las palabras que anuncien ese propósito.

 

 

***

 

Hasta aquí las palabras, absolutamente inéditas, de José María de Areilza, hablando en su nombre y en el mío y suscribiendo con firmeza y convicción las tesis que recibió de mí en nuestra fecunda e intensa relación de amistad durante los últimos años de su vida activa.

 

Obsérvese cómo en el texto de Areilza que acabo de reproducir, éste empieza hablando en primera persona al tiempo que rindiendo un legítimo homenaje de gratitud a su padre, del que heredó la pasión por el pasado del ser humano. Poco después, sin embargo, el Conde de Motrico escribe ya en primera persona del plural. Que no en el denominado plural mayestático. ¿Por qué este cambio? Para entender esta mudanza, así como la circunstancia en la que se produjo este escrito de José Mª de Areilza, hemos de retrotraernos al otoño del año 1991, en vísperas por lo tanto de los fastos de 1992. Por aquellas fechas se celebró un ciclo de conferencias en Zaragoza, organizado por mí, en el que por vez primera en España se contemplaba la posibilidad de que hubiese sido nuestro país el que dio vida a Europa. Areilza iba a pronunciar una conferencia dentro de ese ciclo, pero la grave enfermedad que padecía una de sus hijas y a la que se unió la de su propia esposa, le impidió viajar a la capital del Ebro. En su defecto y para respaldarme ante los patrocinadores y el nutrido público que asistió a todas las charlas del ciclo El río Ebro y los orígenes de Iberia, decidió escribir varias páginas con el fin de que las leyese yo personalmente en nombre suyo. Y de ahí el que después de exponer algunas opiniones personales, pase a hablar en su nombre y en el mío.

 

De las palabras de José María de Areilza en el texto que acabo de reproducir, se infiere claramente la desazón que en él existía ante la dificultad de obtener los medios necesarios para bucear sin trabas y sin prejuicios en el pasado de España. Como queda claro, igualmente, que él era perfectamente consciente de que el único obstáculo que estorbaba nuestro empeño era la oposición frontal de todos aquellos profesores e investigadores a los que la nueva lectura de la Prehistoria ibérica habría de acabar abocando a un paro forzoso. Porque pondría -está poniendo- en evidencia su absoluta ignorancia sobre la materia. Por eso insiste Areilza en que no íbamos contra nadie. Y era cierto, ¿pero existe enemigo más peligroso que la verdad para todos aquellos que son plenamente conscientes de haber construido su vida y su obra sobre unos cimientos muy llamativos y hasta atrayentes pero modelados con el cartón piedra y la escayola de la ignorancia?

 

Éste que acabo de dar a la luz, en calidad de auténtica primicia, es uno de los escritos más importantes de la vida de José María de Areilza. Por tres razones muy precisas. En primer lugar, porque en él se descubre la verdadera vocación, desconocida para todos, del Conde de Motrico. En segundo lugar, porque dado su carácter exacerbadamente diplomático y cauto, Areilza no se comprometió en su vida prácticamente con nada y con nadie. Sólo con grandes causas como el advenimiento de la democracia, la reinstauración de la monarquía o la integración de España en Europa, a la sazón y a mi juicio, el más acariciado de sus sueños. La tercera razón que le otorga a este auténtico manifiesto de Areilza una importancia superlativa, es la de que se trata del único de sus escritos en el que amén de comprometerse sin ambages ni reservas de ningún tipo, ese gran conservador que fue siempre este ilustre bizkaíno se muestra inequívocamente revolucionario y empeñado en una causa que, como él sabía muy bien, iba a dar al traste con una buena parte -por no decir con la totalidad- del saber tradicional establecido en relación con los orígenes del hombre, con su historia, sus ideas e, incluso, con la génesis de sus creencias religiosas. Y todo esto, no se olvide, afrontado a los ochenta años por un hombre adscrito, durante toda su vida, a la democracia cristiana. Lo que da prueba de la extraordinaria apertura y vitalidad intelectual y, por ende, de la excepcional inteligencia de este español insólito y ejemplar.

 

Hasta que nos conocimos hacia el año 1985, lo único que me unía a José María de Areilza era mi admiración hacia él y la coincidencia de que él hubiese sido el primer español en haber ocupado la Presidencia del Consejo de Europa y yo el único que había dedicado un libro -El Parto de la cultura o la agonía de la religión (1978)- a este mismo alto organismo europeo. [Lámina B].

 

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