Fundación de Occidente. Jorge Mª Ribero-Meneses

DICCIONARIO UNIVERSAL. Tomo I. Las Fuentes Tamáricas -I-.

Introducción. La singularidad de la Bahía de Santander

 

 

Por orden dimanada directamente de la Presidencia del Gobierno, el Ministro de Defensa viene negociando con el Gobierno Regional de Cantabria la venta de la heredad de Campo-Jiro, propiedad de dicho Ministerio, con el fin de que el mencionado organismo autonómico edifique en ella una barriada de viviendas de protección oficial. Un proyecto que, como es común en la Comunidad de Cantabria, ha sido redactado sin que nadie se haya tomado la molestia de investigar la posible trascendencia histórica de la finca que se pretende destruir y que, como primera providencia, resulta haber sido el emplazamiento de un antiquísimo Monasterio que, tras pasar, infaustamente, a manos de la nobleza, acabaría siendo adquirido por el Estado y vendido posteriormente -el 14 de Julio de 1923- al antiguo Ministerio de la Guerra.

 

Alertado por el temor de que un enclave tan extraordinario como el que ocupa la mencionada finca -sin la menor duda, el espacio más privilegiado de todo el amplio arco de la Bahía de Santander- pudiera encerrar en su seno un yacimiento arqueológico de primer orden, en el curso del mes de Diciembre del año 2004 decidí abandonar la redacción de los libros sobre el origen del lenguaje en que por entonces me ocupaba, centrando todos mis esfuerzos en el esclarecimiento de la verdadera identidad de esa privilegiada y amenazadísima finca. Porque el placet de la Presidencia del Gobierno había dotado de alas al proyecto inmobiliario y se anunciaba para el mes de Enero (hace ya cuatro meses...) el inicio de las obras. Era necesario, pues, emprender una investigación de urgencia que me permitiera determinar el grado de verosimilitud de mis sospechas, impidiendo, en el caso de que se revelasen ciertas, que llegara a consumarse la destrucción de un yacimiento que, a tenor del privilegiado emplazamiento que ocupa, sobre una loma y a la orilla misma de la bahía santanderina, está proclamando a gritos, para empezar, la existencia en su subsuelo de un templo = tumba prehistórico de primerísima magnitud.

 

 

 

Descubrimientos en cadena                              Inicio

 

Los estudios que vengo desarrollando, frenéticamente, desde los albores de este año 2005, han superado con creces todas mis expectativas previas. Porque inicié mis investigaciones con el propósito de salvar una finca privilegiada y de rescatar del olvido un posible monasterio, y un mes más tarde ya había desembocado en la certeza de que el degradado cerro conocido como Peña Castillo que se yergue junto a la finca de Campo Giro o de La Remonta, fue el primitivo emplazamiento, troglodítico, de la ciudad de Santander. Un descubrimiento al que no tardaría en seguir otro de mucha mayor enjundia: la heredad de Campo-Jiro fue y sigue siendo el punto de alumbramiento de las celebérrimas y jamás localizadas Fuentes Tamáricas documentadas por Plinio en su Naturalis Historia y que, como este geógrafo y naturalista latino atestigua, desempeñaban una función oracular.

 

La intensa y extensa correspondencia que durante los últimos meses del año 2004 y primeros del 2005 he mantenido con las más altas instancias de la Presidencia del Gobierno, del Ministerio de Defensa, del Gobierno de Cantabria y del Ayuntamiento de Santander, dan fe de cómo empecé queriendo salvar una heredad idílica que está pidiendo a gritos ser transformada en parque público, para añadir muy pronto a esa demanda toda suerte de recomendaciones y de propuestas en relación con la protección y progresiva rehabilitación de lo poco que una vil cantera ha dejado del antiguo emplazamiento, prehistórico, de la ciudad de Santander. Reivindicación a la que se sumaría de inmediato la de que se desistiese, para siempre, de acometer cualquier proyecto de obras, de la índole que fueren, en la heredad en la que tienen su punto de alumbramiento las escurridizas y eternamente buscadas Fuentes Tamáricas.

 

Pero el periplo de mi investigación, convertida en una verdadera cadena de sorpresas, estaba muy lejos de haber culminado con esos hallazgos. Porque apenas medio mes después de haber rescatado del olvido a las Tamáricas, vine a comprender que el subsuelo de la hoy amenazada heredad de Campo Jiro guarda celosamente en sus entrañas lo que pueda haber perdurado de un impresionante santuario rupestre con una antigüedad no menor a 40.000 años. Santuario que tengo razones para pensar que fue el modelo de Altamira y de todas las grutas con pintura rupestre descubiertas hasta la fecha en el Norte de España y el Sur de Francia. Enclaves paleolíticos que, como es sobradamente conocido, constituyen las primeras manifestaciones artísticas y culturales de toda la historia de la Humanidad.

 

Ante esa acumulación de descubrimientos, valorados por todos como meras hipótesis, sólo mi determinación y la contundencia de mis escritos y hasta de mis denuncias elevadas a las más altas instancias jurídicas del Estado, han conseguido borrar la impresión de que estaba jugando de farol y que en mi afán por salvar una finca de dominio público verdaderamente paradisíaca, estaba inventando una serie de argumentos de difícil -que no imposible- verificación. Porque tendría que estar absolutamente loco para arruinar mi vida, destruir toda mi obra y devastar mi prestigio, inventándome una serie de fantásticas localizaciones con el fin de salvar una finca que nada tiene que ver conmigo y cuya verdadera identidad va a acabar siendo conocida más tarde o más temprano. Lo que quiere decir que mi supuesta farsa se vería desenmascarada a la postre, convirtiéndome en el hazmerreír de todos e inmolando en el altar de ese único error, todos los millares de aciertos que hoy se acumulan ya en mi largo historial de investigación sobre la génesis del ser humano y de la civilización.

 

Debo callar, por ahora, las conclusiones más importantes a las que he llegado hasta el momento, en el decurso de los poco más de tres meses de estudio que llevo consagrados a descifrar la verdadera idiosincrasia histórica de la heredad de Campo Jiro. Sólo las personas más allegadas a mí conocen esos descubrimientos, que deberé ocultar aún por algún tiempo, como medida cautelar y con el ánimo no de protegerme a mí mismo sino de proteger aquello que trato de salvar.

 

No, no callo porque tema que me desautoricen o contradigan las excavaciones que habrán de realizarse, inexcusablemente. No es ése en modo alguno mi temor y buena prueba de ello el propio contenido de este libro, en el que me dispongo a lanzar, sin una sola evidencia visible, la hipótesis arqueológica más arriesgada que se haya aventurado jamás. Sin contar, insisto, con una sola prueba visible, pericial, y sin que la imposibilidad de acceder a la finca objeto de mis pesquisas, regentada por el Ejército, me haya permitido realizar sondeo alguno en el terreno.

 

El día, ojalá que cercano, en que se excave la heredad de Campo Jiro, se descubrirá lo que haya podido perdurar del templo rupestre de primerísima magnitud que afirmo se esconde en sus entrañas. Y obsérvese que estoy refiriéndome a un templo, no a un simple santuario como los que podemos encontrar en todas las cuevas con arte rupestre del Norte de España y del Sur de Francia. Y es que la diferencia entre un templo y un santuario vendría dictada por el carácter relativamente natural de éstos y por la índole artificial, humana, de aquéllos. Es decir que mientras que los santuarios los ha modelado la Naturaleza y los ha santificado el hombre con la impronta de su arte y de su fe, los templos son creaciones netamente humanas, por mucho que en el caso de los más primitivos hayan sido consagrados en el interior de la tierra y en forma de cavernas. Pues bien, eso mismo, un templo remotísimo total o parcialmente modelado por la mano del hombre, es lo que se oculta tras el subsuelo de esa curiosísima loma tumular que recorre buena parte de la superficie de la finca santanderina de Campo Jiro. Y esto último que acabo de escribir lo sé sólo desde hace veinticuatro horas, suponiendo por lo tanto el último peldaño que he subido en esa dura pero apasionante ascensión que llevo efectuando en estos primeros meses del año de 2005 en los que, de no ser por cuanto antecede, las excavadoras habrían barrido ya -para convertirlo en viviendas sociales- el que llegará a ser reconocido algún día como el templo más antiguo construido por el ser humano y el enclave arqueológico más fecundo de todo el planeta. Y el tiempo dirá hasta qué punto ha sido exacto este pronóstico o diagnóstico que acabo de emitir, reproducido en negritas y subrayado para que no pueda pasar desapercibido y nadie se olvide de echármelo en cara en el supuesto de que se revelase inexacto.

 

Sí, a estas alturas del año 2005 las excavadoras habrían dado ya buena cuenta del hito histórico más importante que quepa imaginar, porque el Gobierno de Cantabria, advertido de cuanto antecede por varios escritos míos y por un reportaje de cuatro páginas publicado el domingo 20 de Febrero 2005 en el periódico Alerta de Santander[lám. C], ha venido haciendo caso omiso de todos los argumentos y pruebas aportados, persistiendo en su empeño de arrasar la heredad de Campo Jiro, con el fin de edificar en ella varios miles de viviendas que pueden y deben ser construidas en otros puntos de la ciudad ya sugeridos por mí y en los que no se produciría daño alguno ni contra el paisaje ni contra el Patrimonio Histórico-Artístico de la que muchos reconocen ya como la región decana de la Península Ibérica.

 

Tanto a título personal como en mi calidad de presidente de la Fundación de Occidente, estoy dispuesto a apelar a las más altas instancias nacionales e internacionales para impedir que se consume el que sería el más brutal atentado que se haya perpetrado nunca contra el Patrimonio de la Humanidad. Y es precisamente en el contexto de esa determinación en el que se sitúa mi decisión de poner todos estos hechos en conocimiento del Tribunal Supremo y del Consejo de Estado, con el fin de que ambos se pronuncien al respecto y traten de disuadir al Gobierno de Cantabria de seguir adelante con su proyecto inmobiliario. Todo ello, en espera de que especialistas de reconocida solvencia y que no figuren en la nómina de ese gobierno regional, contando lógicamente con mi concurso, lleven a cabo los trabajos de exploración y de perforación que sean necesarios, con el fin de localizar el templo rupestre cuyo primer esbozo y descripción se avanzan en estas páginas. Templo que fuera consagrado por nuestros antepasados en el punto de alumbramiento de las que fueron las fuentes más importantes y visitadas de la Antigüedad. Y ello no sólo en el contexto de la Península Ibérica sino de todo el mundo antiguo.

 

Tal como están las cosas en el momento de redactar estas líneas, sólo la pronta intervención de las dos Altas Instituciones mencionadas y la moderación y el reconocido buen criterio del Ministro de Defensa, D. José Bono, pueden evitar que se consume la destrucción de un enclave de tan colosal trascendencia histórica, librando de este modo de las responsabilidades penales en que habrían incurrido, a todos los altos cargos que están interviniendo en este asunto y a los que ya he advertido, reiteradamente, de cuanto antecede. Por lo demás, la labor de preciosa mediación que he recabado, debería incluir la recomendación al Estado de no ceder al Gobierno de Cantabria la propiedad de la heredad de Campo-Jiro, conservando el pleno dominio sobre ella mientras se llevan a cabo las investigaciones pertinentes y confiando su Administración, después, al Patrimonio Nacional. Entre otras razones porque hitos de tan inconmensurable trascendencia histórica, no son ni deben ser considerados predio de la región en la que se hallan enclavados, sino patrimonio irrenunciable de toda la sociedad española, representada y encarnada en el Estado Español.

 

Quiero SUPLICAR de las Instituciones de cuya administración depende, en una u otra medida, la heredad de Campo Giro -y me estoy refiriendo al Ministerio de Defensa, al Ayuntamiento de Santander, al Ministerio de Cultura y al Gobierno de Cantabria- que pongan el máximo celo en el tratamiento de todo este asunto, emprendiéndose cuanto antes los trabajos de exploración arqueológica que permitan corroborar o desmentir mi tesis. Porque si efectivamente se ha conservado en La Remonta el templo troglodítico que postulo, la ciudad de Santander se convertirá en uno de los principales destinos turísticos del mundo, con todo lo que ello conlleva en cuanto a crecimiento y enriquecimiento suyo y de sus habitantes. Lo que se está dirimiendo aquí, pues, no es sólo un asunto cultural o histórico: es el desarrollo futuro de Cantabria el que se verá sensiblemente incrementado si las conclusiones de mis estudios sobre esta materia se revelasen ciertas. Y tengo que añadir, con toda la modestia pero también con todo el orgullo, que hasta la fecha no he errado ni uno solo de mis ya numerosos diagnósticos arqueológicos. Lo que quiere decir que, si yo fuera dirigente de esa Comunidad, ya desde hoy mismo empezaría por blindar todo el entorno de Peña Castillo y de La Remonta, impidiendo cualquier nueva construcción y completando el Plan de Ordenación del Litoral con otro adicional que les otorgue una protección especial a la PENÍNSULA y al entorno de la BAHÍA de Santander, orientando el crecimiento de esta ciudad en dirección a Torrelavega y no, en ningún caso, hacia sus áreas costeras.

 

Suplico, pues, generosidad y altura de miras por parte de todos, en la convicción de que cuanto en estas páginas se dice por vez primera, sólo beneficios, y de toda índole, habrá de depararles a Cantabria... y a España.

 

 

 

Un Parque Arqueológico único en el mundo        Inicio

 

La Bahía de Santander y su entorno atesoran el más antiguo Patrimonio Histórico-Artístico de la Humanidad, habiéndose atribuido al azar, hasta hoy, un hecho que tiene un profundísimo significado y una incalculable trascendencia. Porque lo que hasta aquí se ha valorado como fruto de la casualidad, no es sino la aplastante evidencia de que en torno a esa privilegiada bahía -una de las mayores de España y la única digna de tal nombre en todo el litoral septentrional ibérico-, se concentró la más antigua población de Homo Sapiens de la Península Ibérica y, a tenor de lo que sabemos y de lo que la comunidad científica internacional empieza al fin a reconocer, de todo el planeta. No hablamos, pues, de comunidades de homínidos sino de seres plenamente racionales como nosotros, capaces de habernos legado, en grutas como Altamira, La Garma o el Monte Castillo de Puente Biesgo, las más antiguas y preciosas creaciones artísticas que conserva la Humanidad.

 

Más de veinte años de investigaciones multidisciplinares sobre el primer poblamiento de España y de Europa, desarrolladas con dedicación plena y exhaustiva, me han proporcionado un ingente volumen de conocimientos y de informaciones respecto a la idiosincrasia de aquellas remotísimas poblaciones troglodíticas que nuestros antepasados racionales, ya desde hace decenas de miles de años, crearon en Cantabria en montes aislados, fácilmente defendibles, y preceptivamente situados a la orilla de lagos, ríos, esteros y bahías. El hecho, justamente, de conocer en profundidad la Geografía Histórica de Cantabria, vinculada a los más remotos orígenes de nuestra especie, me permite poder establecer con absoluta precisión cuáles son los puntos del territorio de esta Comunidad en los que se concentran los yacimientos de mayor trascendencia, custodios de un Patrimonio Arqueológico que constituye ya uno de los principales pilares de la riqueza de Cantabria y que, en la medida en que vaya siendo exhumado y rehabilitado, acrecentará la importancia y nombradía de esta Comunidad en todo el planeta, atrayendo hacia ella un creciente flujo turístico que está llamado a convertirse en su principal fuente de riqueza.

 

Por lo que al conjunto de España se refiere, parece ocioso subrayar el enorme interés que entraña para ella el hecho de que, como hoy reconoce ya la comunidad científica internacional, todos los habitantes del continente europeo compartan unas raíces comunes que se hunden a orillas del Cantábrico central y oriental. Región desde la que, al producirse el desenlace de la última glaciación hace en torno a 12.000 años, se produjo la diáspora que habría de llevar la presencia humana a los enormes territorios liberados por los hielos glaciales.

 

El Gobierno Regional y el Ayuntamiento de la ciudad tienen ante sí la posibilidad de dar una nueva dimensión a la capital de Cantabria, sabiendo sacar partido de los descubrimientos que se describen en estas páginas. Porque lejos de cifrar todo su progreso en su crecimiento industrial, tienen ante sí la posibilidad de crear un enorme y privilegiado Parque que, extendiéndose en torno a la Bahía de Santander, fuese incorporando, progresivamente, todos sus hitos históricos ya descubiertos... o por descubrir. De este modo y con la incorporación del Recinto de las Fuentes Tamáricas, de la primera Santander de Peña Castillo, de las Cuevas de Juyo, La Garma y El Pendo, de las Minas más antiguas del mundo que se encierran en las entrañas de Peña Cabarga, de los vestigios de la antigua Kamárika situada en la cumbre de la propia Kabarga, de las áreas de marisma de la Bahía en vías de rehabilitación y, por último del Parque de la Naturaleza de Cabárzeno..., la ciudad de Santander podría llegar a integrar y a ofrecer a sus visitantes, llegados de todas partes, el mayor y más rico PARQUE ARQUEOLÓGICO Y DE LA NATURALEZA que existe en el mundo. Porque aunque el Gobierno de Cantabria se empecine en ignorarlo y en extraer de ello las conclusiones pertinentes, la concentración de arte paleolítico que se produce entre la Bahía de Santander y el Macizo del Dobra es ÚNICA y no tiene parangón en todo el planeta. No estamos hablando, pues, de crear un Parque más: estamos hablando de crear un Parque que no podrá ser emulado jamás en ningún lugar del mundo. Dicho de otro modo, será único. Porque todo se puede conseguir con dinero y con poder..., menos el privilegio de poseer los más antiguos, sagrados y valiosos testimonios históricos de la Humanidad.

 

Santander tiene a su alcance la posibilidad de convertirse en la ciudad del mundo con mayor superficie arbolada, ampliamente por delante de Madrid que ocupa hoy el segundo lugar. De este modo, una ciudad que posee uno de los emplazamientos más privilegiados del planeta, pero con la que la Historia se ha cebado hasta el extremo de haber perdido -en lo que constituye un caso único en la Península Ibérica- casi todo su patrimonio histórico-monumental, tiene ante sí la posibilidad de llegar a alcanzar nombradía internacional a través de la creación de un enorme Parque cuyas líneas maestras se esbozan aquí por vez primera.

 

El Gran Parque de la Bahía podría y debería ser el embrión de una gran masa estrictamente vegetal, acuática y forestal extendida en torno a la Bahía de Santander, con el objetivo irrenunciable de llegar a entroncar ese Gran Parque con las áreas de marismas en proceso de recuperación en los términos municipales de Camargo (Marismas de Alday) y de El Astillero (Marismas Blancas). Lo que permitiría vincularlo con la ribera oriental de la Bahía, incomparablemente mejor conservada y con infinitas posibilidades para crear en ella lo que podría y debería llegar a ser uno de los Parques más hermosos, completos y extensos aquende y allende nuestras fronteras. Por otra parte y desde Camargo y El Astillero, el Gran Parque de la Bahía podría entroncar, por un lado con todo el macizo de Peña Cabarga y con su anexo el Parque de la Naturaleza de Cabárceno, y por otro con la vía verde que desde El Astillero se extiende hasta la localidad de Ontaneda.

 

El arranque o inicio del proyectado Gran Parque o Arco Verde en torno a la Bahía de Santander, debería ser el Parque de la Vaguada de las Llamas, en proceso de gestación, buscando su entronque con el Parque de Peñacastillo-Remonta-Morales que en estas líneas se diseña por vez primera. Desde éste y en ulteriores actuaciones, se iría prolongando esa franja forestal en torno a la Bahía, con la vista puesta en legar a las generaciones futuras la posibilidad de llegar a completar ese gran Arco Verde que llegue a ceñirla en su totalidad.

 

La ciudad de Santander tiene pues, ante sí, la última posibilidad de contar con un Parque digno de tal nombre que permita compensar el caos que ha supuesto su desordenado desarrollo urbanístico y la proliferación, en su casco urbano, de edificios de mala calidad y peor gusto. La Ciudad y la Bahía de Santander tienen ante sí la posibilidad de enriquecer notablemente su Patrimonio Urbano, mediante la creación de un gran Parque que, sabiamente concebido, llegará a convertirse en un importantísimo aliciente turístico, amén de en un atractivo espacio de recreo y en un necesario pulmón para la ciudad y su cinturón industrial. Porque lo más hermoso de cualquier población costera es su litoral y este axioma resulta particularmente exacto en el caso de la ciudad que posee una de las más bellas bahías del mundo, susceptible de convertirse en una fuente inagotable de riqueza mediante la sabia explotación turística de sus humedales, praderas, lomas, colinas... y yacimientos arqueológicos.

 

El Parque cuya creación recomiendo con toda vehemencia, supone una iniciativa altamente enriquecedora para la ciudad de Santander, amén de una reflexión elevada a los poderes públicos para que no pierdan de vista que no gobiernan exclusivamente para las gentes de nuestra generación sino también, y sobre todo, para todas las generaciones futuras que serán víctimas o beneficiarias de las decisiones que hoy se adoptan y que en algunos casos, como el presente, tienen un carácter irreversible. Porque lo que se plantea es la salvación del único espacio verde que subsiste en la ciudad de Santander y en su entorno inmediato. Lo que se plantea, pues, a las dos Administraciones que hoy gobiernan la ciudad de Santander, es que actúen con visión de futuro y que sigan el ejemplo de todas aquellas ciudades que están haciendo todo lo indecible para rodearse de un cinturón vegetal que por una parte limite su crecimiento y, por otra, ejerza de pulmón de sus aglomeraciones urbanas. El caso de Madrid es un ejemplo paradigmático de ello. O el de Buenos Aires, al haber creado el Parque Costanera Sur en el extrarradio de la ciudad, con 350 Has. de humedales y de zonas arboladas destinadas al esparcimiento de los Bonaerenses y a la acogida de numerosas especies protegidas. Algo así es lo que se reclama de los poderes públicos en el caso de la Bahía de Santander, mediante la creación de un gran Parque que, en su fase inicial, estaría formado por la unión del Parque de Morales, de la rehabilitada finca de Campo Jiro en la que afloran las Fuentes Tamáricas, y de la superficie íntegra de lo que resta del primitivo emplazamiento de Santander en Peña Castillo. Sólo en esta primera fase y para que pueda calibrarse la envergadura del Parque cuya creación propongo, se lograría reunir una mancha vegetal cuyo perímetro total supera los diez kilómetros de longitud.

 

Los cruciales descubrimientos que se desvelan por vez primera en estas páginas, hacen no ya aconsejable sino obligada la creación de ese extenso espacio verde que dignifique una de las Bahías más hermosas del mundo y frene la constante degradación a la que está sometida. Bahía que se halla coherentemente jalonada por yacimientos paleolíticos, de relieve universal, como los de La Garma, El Pendo o Juyo. Sin perder de vista que otros yacimientos de mucha mayor enjundia, superiores incluso a Altamira, que era COPIA de ellos, están todavía por aparecer.

 

Ojalá que la grandeza de miras y la visión de futuro primen sobre otras consideraciones... Ojalá que no se prive a una de las Bahías más bellas y más degradadas del planeta, de la posibilidad de llegar a contar con un extenso cerco vegetal que la dignifique y que la devuelva, aunque sea en una ínfima medida, la belleza, la armonía y la grandeza que, a lo largo de toda la Historia, le han caracterizado... Ojalá que la ciudad de Santander acometa con imaginación, con decisión y con ambición el proyecto del Parque que preconizo en estas páginas.

 

 

Apostilla:

 

En la históricamente eminente población sevillana de Alcalá del Río, a orillas del Guada-al-Kibir, se concibió un proyecto de construcción de viviendas similar al que pretende llevarse a cabo en Santander, con tan mala fortuna que al poco de iniciarse los trabajos de explanación y cimentación, fue a aparecer una necrópolis ibérica de más de 2200 años de antigüedad, que guardaba en su seno algunas tumbas extraordinariamente interesantes. Para que el proyecto inmobiliario no se viera abortado, se efectuó una somera excavación, se grabó un vídeo con los hallazgos y, tras correrse un tupido velo, se dio carpetazo al asunto y se edificó la barriada proyectada sobre ese importantísimo vestigio de nuestro pasado. ¿Cómo calificar a quienes así se conducen? El más piadoso epíteto que se me ocurre es el de cafres. Una especie que, por desgracia, cuenta con una nutridísima representación en España y merced a la cual, merced a todos esos millones de personas, nuestro país perdió hace mucho tiempo la privilegiada posición que siempre había ocupado como la nación que poseía el más antiguo, mayor, más variado y más brillante Patrimonio Histórico-Artístico de la Tierra.

 

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